lunes, 14 de enero de 2019

Rosa María Ramos Chinea: «La poesía me ayuda a ordenar todo aquello ante lo que enmudezco»

Rosa María Ramos Chinea (Caracas, Venezuela, 1958) es poeta, profesora y locutora radiofónica. Desde 2001 reside en la isla de Tenerife (Canarias, España). Ha impartido talleres de inclusión de la literatura en el área de la enseñanza del inglés y el castellano. También ha producido y dirigido los programas culturales La Hora en Blanco, La Maleta y Poetas en Serie. Hasta la fecha ha publicado tres poemarios: Tiempo de queja (Unexpo, Caracas, 1998), Delirios de orilla (Ediciones Aguere-Idea, 2015) y Tribuna para el desconcierto (Ediciones Nace, 2017). Asimismo, ha formado parte de las siguientes antologías poéticas: Resaca de piedra dulce (Editorial Vidabun, 1991), El barco de papel (Editura PIM, 2016), Antología de poesía (Ediciones Nace, 2016) y Mujeres 88. Antología poetas canarias (Colección Literaria AOC, 2017). Otras publicaciones en las que ha colaborado son Antología de relatos (Nace, 2016) y Perdone que no me calle. 62 autoras canarias denuncian la violencia contra las mujeres (CCPC, 2017).

-Tribuna para el desconcierto se divide en tres secciones: la que da título al libro, «El aplauso de las piedras» y «Casa de piedra». Centrémonos en la primera, la cual se abre con una “Introito” que empieza con los siguientes versos: «Desde esta tribuna / secreta y sombría / miro sin las vendas / veo desconcierto». Hace años, el filósofo Javier Muguerza declaró no profesar «otro sistema filosófico que el sistema de la perplejidad». Usted parece que ensaya una exploración hacia el mundo semejante a la perplejidad señalada por Muguerza, extensible, sin ninguna duda, a la mirada del filósofo como tal –o de la mera persona con inquietudes– y no únicamente a los fosilizados sistemas filosóficos a los que se refiere el bueno de don Javier. ¿Está de acuerdo con esta idea? 


Rosa María Ramos Chinea
Abrir los ojos al mundo es un acto milagroso. El solo hecho de aparecer, de pronto, en el espacio azaroso que nos toca ocupar ya implica desconcierto. Pasan los años y todo está preestablecido para que el ser humano ocupe la mayor parte de su tiempo en tratar de satisfacer las exigencias de su cuerpo. De este modo, la mayoría de la gente va creciendo sin formularse las preguntas primordiales sobre la existencia.

Pertenezco al grupo de quienes, a muy temprana edad, comenzamos a hacernos preguntas sobre el significado de la palabra nacer: ¿por qué nací?; ¿hacia dónde me dirijo o me dirigen? (siempre intuí que hilos invisibles nos conducen como meros títeres hacia no sabemos dónde); ¿qué nos espera después de la muerte? –si es que algo nos espera–. En ese estado de inquietud he vivido, tratando de despertar cada día con un propósito más allá de acudir al trabajo y cumplir con los roles que el mundo alrededor espera de mí. En este orden de ideas solo puedo decir que el sistema que profeso –si ha de llamarse sistema– es el de la búsqueda incansable de respuestas a preguntas imposibles. Es por eso que la poesía es el refugio que me ampara, la tribuna sobre la que coloco mi observación para tratar de explicarme a mí misma, como ser mortal y diminuto ante la inmensidad del universo. La poesía me ayuda a ordenar todo aquello ante lo que enmudezco; ella da sentido a la mayor parte de lo que observo y siento.

De «mi tiempo en tierra» solo quedará la insistencia de darle vueltas a las palabras, colocarlas y recolocarlas para gestar algún significado –¿inútil, quizás?– que dé sentido a la vida que aún late en mí. Solo queda, entonces, esperar, aguardar a que el poema comience a alcanzar los sentidos en un cuerpo al que le pido a gritos que olvide, que se alivie de heridas, que ya no pruebe rabias ni placeres. Armando Rojas Guardia, poeta a quien sostengo en la copa de mis más preciadas lecturas, escribe: «Espero al poema adviniéndome, / pulsándome desde el vacío mental, / demorándose bajo la red de mis nervios / inmóviles como la página blanca / que me arde en los labios». Así espero el poema: único puente que me conduce desde la duda perenne al alivio de mis días.

-Tomando como base ese desconcierto despojado de florituras (y que le lleva a optar «terca / por la persistencia del vuelo»), decide darle la espalda a la barbarie económica que nos sacude y entregarse al encuentro con la Naturaleza, al paisaje que se explica a sí mismo, buscando una especie de alétheia desde un elegante impulso emocional, al modo que lo hicieron gente como Emerson, Thoreau, Whitman e incluso Heidegger. ¿Qué tiene que decir al respecto?

La humanidad en general permanece dormida, asaltada por las exigencias de la cotidianidad. ¿En qué momento del día nos detenemos a pensar que el sol está allí, cumpliendo con su labor de luz y calor? ¿Cuántas veces respiramos frente a la playa y tratamos de entrar en comunión con esa parte nuestra que pertenece a la totalidad del universo? Emerson consideraba que la naturaleza poseía los secretos del espíritu. Creía, además, en la necesidad de entrar en contacto directo con ella y aproximarnos así a la totalidad de la que somos parte. Desafortunadamente, entendemos el mundo en fragmentos y no como esa unidad que nos hace parte de todo lo que existe.

Nací en una ciudad agitada por las dificultades, no conozco un tiempo que no haya estado marcado por los conflictos políticos, las crisis económicas y las amenazas de guerra. Si colocamos nuestra mirada en estos asuntos, nuestro tiempo se diluye en la violenta vorágine que nos conduce al miedo, a la enfermedad y a la locura. ¿Qué hacer, entonces? El filósofo venezolano J. R. Guillént Pérez fue mi profesor cuando apenas contaba con la perplejidad de mis dieciocho años. De él aprendí que a la razón hay que darle el uso limitado que posee. La razón nos sirve para aprobar exámenes, cumplir con las exigencias de nuestros trabajos, conseguir los recursos para la inmediatez de nuestras necesidades. Pero existe esa otra forma de abordar la vida: sentirnos parte integral de todo aquello que late en la naturaleza. ¿Cómo? Pues en el silencio que nos brinda la meditación o en la observación del sonido que emana del mar, del viento, de esas fuerzas naturales incontrolables ante las cuales tantas veces hemos de sucumbir.


En general considero que acercarnos al ritmo de la naturaleza puede contribuir a aproximarnos a esa verdad que nos empeñamos en encontrar en un mundo donde lo falso prevalece. La luz no miente, solo se manifiesta. Nosotros hemos aprendido a mentir porque se nos miente. Me inclino por buscar una trascendencia que me aleje de los miedos a la escasez o a las pérdidas materiales. Pero entiendo que el día a día nos envuelve con su ilusionismo sistémico. Procuro buscar vías para una evolución personal que nos alivie de las sectas políticas y religiosas. Un mirar personal y único, que se vaya construyendo a partir de nuestro modo de estar en el mundo, nutriéndonos de las verdades que podamos identificar como positivas para la continuidad de nuestro paso por la Tierra. Vivir como el poeta Eleazar León nos sugiere en su poema Naufragio en las Colinas: «Contempla el ascenso de las colinas / y entrégate a esa fuerza…»; «Más allá / de tu mar y tu sueño nada habrá que no sea / precioso, así naufragues».

-Esa toma de contacto con la coherencia que le brinda el paisaje, y que elabora mediante un sensitivo lenguaje poético, sirve de nexo, a su vez, para el reencuentro de su yo interior, un yo genuinamente desarraigado (tal y como describe en el poema “Ninguna morada me acoge”) y que, a lo largo de esta primera parte, irá experimentando diferentes transformaciones –o formas de desconcierto– que le permiten acariciar la reconciliación. ¿Le costó adentrarse en ese viaje emocional?

El viaje emocional está lleno de escollos. Pasamos el tiempo tratando de encontrar eso que creemos necesitar. Y puede que la vida, indefectiblemente, y con total indiferencia, nos vaya negando casi todo eso que creemos requerir para ser felices y estar en paz. A veces, migramos huyendo de lo que duele para avanzar, sin saberlo, hacia aquello que duele más. El exilio continúa dentro y fuera del ser. Y entonces reconocemos que la única morada posible está dentro de nosotros mismos, en ese silencio que podría conducirnos a un estado de paz. Este viaje hacia la simple aceptación de lo que se es, puede llevarnos toda una vida. Nos movemos de un lado a otro buscando arribar a algún lugar que sea el paraíso prometido del que tarde o temprano nos sentiremos expulsados. Como hija de inmigrantes, el exilio parece ser mi sino. Y quien deja su espacio y viaja hacia lo desconocido, solo se acompaña de soledad. Así vivimos, buscando la identidad perdida, caminando por «laberintos conducentes / a ningún amor / ninguna verdad».

-En la segunda sección del libro, «El aplauso de las piedras», se agudiza la sensibilidad, lo que le lleva a incrementar la búsqueda de la alétheia. Aquí el elemento trascendente empieza a cobrar fuerza como una respuesta sólida a las dudas que han ido surgiendo por el camino. Asimismo, la playa se revela como el templo propicio para una posible experiencia espiritual, como el espacio puro no contaminado por las imposiciones del mercado, lo que le permite a la feminidad robustecerse y alcanzar su compromiso ético...

No hay compromiso ni libertad posible. Todo cambia, todo se transforma y lo que hoy nos hace sentirnos comprometidas con una forma de pensamiento o comportamiento, mañana podría parecer simplemente imposible. Pero es cierto que buscamos la «posible experiencia espiritual» que mencionas para reafirmar nuestro lugar en el universo. El poder de lo femenino ha estado casi siempre amenazado, reprimido, amordazado. Las piedras, entonces, se introducen en el poema para dar fe de la posibilidad de moverse sin oponer resistencia, sin orden y sin órdenes. Tratamos de escuchar sus mensajes, imaginamos un discurso, un consejo, y es así como les ponemos voz, las contemplamos en el esplendor de sus diversos colores, les adjudicamos una vida que las acerque a nuestro propósito de encontrar nuestra propia verdad. Las miramos desprenderse de la tierra que les da cobijo y rodar inmensas y terribles desde las montañas. Eso les añade poderes, poderes que quisiéramos poseer o que creemos recordar de alguna vida remota en la que ser mujer era ser diosa.

-La última sección, «Casa de piedra», es un diálogo que mantiene con la obra del excéntrico pintor venezolano Armando Reverón (1889-1954). Su figura le sirve para situar el foco sobre la locura, imagen que se encontraba presente de forma significativa en la primera parte del libro, donde ya nos advirtió: «¿Qué visionario no pierde la razón / antes o después de su certero mirar?» Quisiera que nos explicase qué le atrajo de la relación entre la locura y el creador y, más concretamente, de la personalidad del citado Reverón.

La posibilidad de enloquecer es algo que puede llegar a atormentarnos. Desde mis años adolescentes me obsesionaba la idea de perder el hilo que nos ata tan frágilmente a la realidad. Algunos acontecimientos arraigaron en mí esa obsesión. El suicidio, a los veinte años, de mi prima Opelia (cuyo nombre, por pura casualidad, nos remite a la Ophelia de Hamlet), la pérdida de la razón de algunos amigos que abusaron de los estupefacientes, la constante evocación en la vida familiar de aquella tía abuela que enloqueció en su juventud... Más adelante, a través de la lectura de Antonine Artaud o Sylvia Plath, comencé a pensar en la locura como el resultado de mentes potentes incapaces de adaptarse al mundo tal y como lo conocemos. En mi propia vida surgieron episodios de miedo delirante que generaron ataques de pánico difíciles de soportar sin los ansiolíticos. Debo decir que a día de hoy la mayoría de los síntomas que tanto me atormentaban han desaparecido. He encontrado esa paz que mi psicoanalista me vaticinó hace ya años: «La paz tarda, Rosa, pero llega». Y tenía razón el Dr. Batista: algo muy parecido a la paz me acompaña; al menos dispongo de herramientas que me permiten, de manera natural, ahuyentar los miedos.

Es cierto que la locura puede estar asociada a la genialidad, o la genialidad a la locura, quizás porque solo la locura hace que el genio escape, sin remordimiento alguno, de lo que convencionalmente se espera de él o ella y se disponga así a explorar universos invisibles para el ser humano común y corriente. Armando Reverón es un ejemplo de genialidad que se diluyó en la locura. En los años noventa, yo vivía muy cerca de su Castillete, aquel lugar que Reverón había construido como templo para su arte y su delirio. Conocido como el pintor de la luz, Reverón se refugió en el mundo que fue construyendo para sí mismo en el litoral. Encontró su camino precisamente en la luz que supo filtrar en sus lienzos. Recuerdo que algunos domingos me acercaba al Castillete y me imaginaba al pintor bailando su delirio frente al caballete. Sus cuadros y sus muñecas sirvieron de inspiración para los poemas que se reúnen en la tercera parte de Tribuna para el Desconcierto. «Casa de piedra» quiere contar la pasión que agitaba los días del pintor en la casa que había construido. Por supuesto, no he sido la única que ha sentido el llamado del pintor, una verdadera iluminación para quienes hemos seguido la pista de su innegable talento y de su increíble historia: sin ir más lejos recuerdo el libro Reverón, 25 poemas (1997), del poeta Rafael Arráiz Lucca, así como la película biográfica Reverón (2011), del cineasta Diego Rísquez.

-De la visión simbólica propia del loco creador, usted subraya el papel decisivo del silencio: «Las mujeres cuando sueñan / heredan el silencio»; «Su intención fue silencio / mesura / cordura propicia»; «Cuánto silencio se ve / después del horizonte». Y alrededor de ese silencio, aparece, de nuevo, la costa, con su luz y su oleaje indómito, afianzándose, así, como el escenario propicio para la revelación...


Vivir frente al mar es una experiencia de silencio. Y tuve la suerte de estar allí cada mañana, presenciando desde mi ventana un pedacito del mar Caribe. Aquel era mi refugio cada tarde al regresar de mi trabajo en la ciudad de Caracas, mi ciudad natal. Ciudad del ruido. Las bocinas de los coches. El estruendo de las balas. Los gritos de la gente. La música estridente. Llegar allí, a la que fue mi casa, era un encuentro con la tranquilidad y el sosiego. Y sí, efectivamente, ese silencio también lo sentía en mis visitas al Castillete. Allí, réplicas de las inmensas muñecas de trapo creadas por Reverón me hacían imaginar el diálogo del pintor con esas mujeres de labios rubí, mientras las olas sonaban tan cerca y la luz penetraba purísima desde la playa hasta sus lienzos.

-No quisiera dejar pasar por alto su condición de autora venezolana residente en España para preguntarle cómo percibe la relación de la poesía española escrita a ambos lados del Atlántico. En opinión de Andrés Sánchez Robayna, «las aportaciones más renovadoras al cuerpo de la poesía hispánica de la segunda mitad del siglo XX [han] venido casi siempre de Hispanoamérica». Sin embargo, añadía Sánchez Robayna que «la poesía contemporánea de lengua española se desconoce a sí misma y sólo tiene de su realidad una imagen muy pobre y limitada». Esto lo escribió en 2003. ¿Piensa que hoy en día nos hemos aproximado a la «unidad literaria hispánica» que reclamaba Alejandro Krawietz o que, pese al auge de las nuevas tecnologías, seguimos anclados en los chovinismos, los patrioterismos y los nacionalismos que persisten machaconamente en los empobrecimientos y las limitaciones que señaló Sánchez Robayna?

Fue precisamente en la segunda mitad del siglo XX cuando, por una gran suerte del destino, conocí de cerca a varios de los y las poetas de Venezuela, cuyos versos, en aquel tiempo, ardían en originalidad y belleza. El rumor de la bohemia de los bares parisinos de la primera mitad del siglo nos impregnaba con su aroma. La gente se reunía a hablar de poesía. Se leían los textos inéditos en voz alta. Aquellos poetas conocían la tradición literaria hispánica, pero saltaban sobre ella como duendes del delirio. Allí vibraban, entre otros, Vicente Gerbasi, Eugenio Montejo, Ludovico Silva y Eleazar León. En la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela se hablaba de Shakespeare y mujeres increíbles como Yolanda Pantin, Hanni Ossott o María Fernanda Palacios dictaban sus cátedras y desprendían ese halo de misterio y fuerza. Creo que sí había una identidad literaria en la época. Cada poeta con su voz singular: Rafael Cadenas, Ramón Querales, Ramón Palomares, Elizabeth Schön, Ida Gramcko. Y más tarde poetas increíbles como Lourdes Sifontes Greco que encandilaba con su juventud y voz absolutamente original. Con respecto al poema-manifiesto que funciona como instrumento de queja o denuncia, pienso que siempre ha existido ese fervor de usar la palabra para el reclamo y la reivindicación, olvidando que la poesía que se sostiene en el tiempo, la que nos mantiene alerta y temblando, es aquella que usa el lenguaje para encontrar belleza en todos los ámbitos, incluida la oscuridad, la pobreza, la injusticia, la guerra, el dolor.

No creo que deba existir una unificación de la poesía hispánica. Cada poeta es un mundo. Lo importante es que se conozca lo que ocurre a nivel literario en cada lugar donde el idioma español existe y se transforma. Y que se conozca y valore la buena poesía escrita en nuestro idioma venga de donde venga. En los últimos años hemos observado cómo poetas latinoamericanos han alcanzado merecido reconocimiento y difusión a través de premios literarios gestados en España. El premio Federico García Lorca, por ejemplo, ha acercado a los y las lectoras a poetas como Fina García Marruz, Rafael Cadenas, Ida Vitale o Darío Jaramillo Agudelo.

-Por último, ¿qué les diría a los lectores para que se aproximen a las páginas de Tribuna para el desconcierto?

Que aproximarse a la poesía por puro placer y no por la obligación que imponen los estudios siempre es un acto de magia. Nada es casual. Cuando un libro tiene que tocar alguna cuerda de la guitarra del alma humana, seguramente ese libro aparecerá como por hechizo. Yo invito a las y los lectores a pasar por la Librería de Mujeres y preguntarle a Izaskun Legarza Negrín, nuestra librera sideral, si queda algún ejemplar de este libro que nació en 2017 gracias a la Nueva Asociación Canaria para la Edición (NACE) y que contiene en sus páginas poemas sobre lo que queda después de un intenso deseo de olvidar, poemas algunos que nacieron de la reconciliación, el perdón y la búsqueda de sanación después de grandes tormentas. Tribuna para el Desconcierto es, por tanto, un libro que deja constancia de algunas contemplaciones que forjaron en mí una huella indeleble; hay en él varios tiempos y voces que buscan verdades sobre la cuerda floja de la existencia: «Solo dos pisadas atajan / la verdad nunca revelada / y en instante intacto de sopor / sobre la soga que arde / la saltimbanqui / procura un paso a brazos extendidos».

Por Benito Romero

viernes, 28 de diciembre de 2018

Novedades diciembre 2018


   1   Absolución / Luis Landero.. -- Barcelona : Tusquets, 2014.

   2   Amberes / Roberto Bolaño.. -- [Barcelona] : Alfaguara, 2018.

   3   El ángel de la creación : diálogos y entrevistas / José Ángel
Valente ; edición de Andrés Sánchez Robayna.

   4   El arte de crear personajes : en narrativa, cine y televisión
[Libro] / David Corbett ; traducción, Santiago Tena.. -- Barcelona
: Alba, 2018.

   5   Un baile de máscaras / Sergio Ramírez.. -- [Barcelona] :
Debolsillo, 2018.

   6   Berta Isla / Javier Marías.. -- Madrid : Alfaguara, 2017.

   7   Bomarzo / Manuel Mujica Laínez ; preliminar de Marcos-Ricardo
Barnatán.. -- Barcelona : Seix Barral, 2010.

   8   Bosquejo de Europa / Salvador de Madariaga ; estudio
introductorio de José María Beneyto.. -- Madrid : Encuentro [etc.],
 2010.

   9   Bravura / Emmanuel Carrère ; traducción de Jaime Zulaika.. --
Barcelona : Anagrama, 2016.

   10   La caída de Madrid / Rafael Chirbes.. -- Barcelona : Anagrama,
2016.

   11   Cara de pan / Sara Mesa.. -- Barcelona : Anagrama, 2018.

   12   El cartógrafo : Varsovia, 1:400.000 / Juan Mayorga ; con un
ensayo de Alberto Sucasas.. -- Segovia : La uÑa RoTa, 2017.

   13   Cavilaciones y melancolías : diarios 2016-2017 / José Jiménez
Lozano.

   14   El cero y el infinito / Arthur Koestler ; traducción de Eugenia
Serrano Balanyà ; prólogo de Mario Vargas Llosa.. -- Barcelona :
Debolsillo, 2013.

   15   La civilización del espectáculo / Mario Vargas Llosa.. --
Madrid : Alfaguara, 2012.

   16   Concepción Arenal : la caminante y su sombra / Anna Caballé..
-- Barcelona : Taurus, 2018.

   17   La conjura de los necios / John Kennedy Toole ; traducción de J.
 M. Alvarez Flórez y Ángela Pérez.. -- Barcelona : Anagrama, 2017.

   18   Las damas negras : novela policiaca escrita por mujeres
/Josefina de Andrés Argente, Rosa García Rayego, eds.. -- Madrid :
Fundamentos, 2011.

   19   Deslenguados : el nuevo español y el uso correcto de nuestro
idioma / Julio Somoano.. -- Madrid : Planeta, 2011.

   20   Diarios / Alejandra Pizarnik ; a cargo de Ana Becciú.. --
Barcelona : Lumen, 2016.

   21   Diccionario de las mitologías / Yves Bonnefoy.. -- Barcelona :
Backlist, 2010.

   22   Dietario voluble / Enrique Vila-Matas.
 
   23   Diván de poetisas árabes contemporáneas / Presentación Adonis;
Edición y traducción, Jaafar Al Aluni.. -- Guadarrama, Madrid :
Ediciones del Oriente y del Mediterráneo,2016.

   24   Los dominios del español: guía del imperialismo lingüístico
panhispánico / Juan Carlos Moreno Cabrera.. -- Madrid : Sintesis,
2015.

   25   El buen uso del español / Real Academia Española, Asociación de
Academias de la Lengua española ; redacción Eugenio Cascón Martín..
 -- Barcelona : Espasa, D.L. 2013.

   26   Elipses : ensayos, 1990-2016 / Juan Mayorga ; incluye una
conversación con Ignacio Echevarría.. -- Segovia : La uÑa Rota,
2016.

   27   En la orilla / Rafael Chirbes.. -- Barcelona : Anagrama, 2014.

   28   Erasmo, hombre de mundo evasivo, suspicaz e impertinente
(misántropo, borrachín, pendenciero) / Carlos Clavería Laguarda..
-- Madrid : Cátedra, 2018.

   29   Exploradores del abismo / Enrique Vila-Matas.. -- Barcelona :
Anagrama, 2007.

   30   Expression orale : niveau 2 / Michèle Barféty, Patricia
Beaujouin.. -- [Paris] : Clé international, 2018.

   31   Famélica / Juan Mayorga ; con un ensayo de Fernando Broncano..
-- Segovia : Ediciones La uÑa RoTa, 2016.

   32   Farándula / Marta Sanz.. -- Barcelona : Anagrama, 2015.

   33   Feliz final / Isaac Rosa.. -- Barcelona : Seix Barral, 2018.

   34   Gramática árabe / F. Corriente.. -- Barcelona : Herder, D.L.
2012.

   35   Hablar y escribir correctamente: Grámatica normativa del
español actual / Leonardo Gómez Torrego.. -- Madrid : Arco Libros,
2011.

   36   Hamelin ; La tortuga de Darwin / Juan Mayorga ; edición de
Emilio Peral Vega.. -- Madrid : Cátedra, 2015.

   37   La Hermana de Katia / Andrés Barba.. -- Barcelona : Anagrama,
2012.

   38   Interacción del color / Josef Albers ; traducción de María
Luisa Balseiro.. -- Madrid : Alianza, 2017.

   39   Interculturas, transliteraturas / M. M. Espagne ... [et al.] ;
introducción y compilación de textos, Amelia Sanz Cabrerizo (Grupo
LEETHI).. -- Madrid : Arco Libros, D.L. 2008.

   40   La estrategia del pequinés / Alexis Ravelo.. -- Barcelona :
Alrevés, 2017.

   41   Las edades de Lulú / Almudena Grandes.. -- Barcelona : Tusquets,
 2018.

   42   Lope de Vega el verso y la vida / Antonio Sánchez Jiménez.. --
Madrid : Cátedra, 2018.

   43   Lo que no está escrito / Rafael Reig.. -- Barcelona : Tusquets,
2012.

   44   Las manos pequeñas / Andrés Barba.. -- Barcelona : Anagrama,
2008.

   45   Mudar de piel / Marcos Giralt Torrente.. -- Barcelona :
Anagrama, 2018.

   46   Un incendio invisible / Sara Mesa.. -- Barcelona : Anagrama,
2017.

   47   Novelas del desencanto : (1992-2003) / Manuel Vázquez Montalbán
; edición e introducción de Georges Tyras.. -- Barcelona : Espasa
: Círculo de Lectores, 2015.

   48   Una Novelita lumpen / Roberto Bolaño.

   49   Pan : de los papeles del teniente Thomas Glahn / Knut Hamsun ;
Traducción del noruego de kirsti Baggethum y Asunción Lorenzo.. --
Barcelona : Anagrama, 2013.

   50   Perder teorías / Enrique Vila-Matas ; prólogo de Liz Themerson..
 -- Barcelona : Seix Barral, 2010.

   51   El Peso del corazón / Rosa Montero.. -- Barcelona : Seix Barral,
 2016.

   52   El pianista / Manuel Vázquez Montalbán ; edición de José
Colmeiro.. -- Madrid : Cátedra, D.L. 2017.

   53   La Pista de hielo / Roberto Bolaño.

   54   Podemos fabricarte / Philip K. Dick ; traducción de Juan
Pascual Martínez.. -- [Barcelona] : Minotauro, D. L. 2018.

   55   Porque ella no lo pidió / Enrique Vila-Matas.. -- Barcelona :
Lumen, 2016.

   56   Reikiavik [Texto impreso] / Juan Mayorga ; con un ensayo de
Fernando Broncano.. -- Segovia : Ediciones La Uña Rota, 2015.

   57   El reino animal / Sergio Ramírez.. -- Madrid : Santillana, 2006.

   58   República luminosa / Andrés Barba.. -- Barcelona : Anagrama,
2017.

   59   Las rosas del sur / Julio Llamazares.. -- Barcelona : Alfaguara,
 2018.

   60   Las rosas de piedra / Julio Llamazares.. -- Madrid : Santillana,
 DL 2010.

   61   Según la luz : (cuadernos de viaje 1993-2015) / Melchor López..
-- Gijón : Trea, 2018.

   62   Sociolingüística del español : desarrollos y perspectivas en el
estudio de la lengua española en contexto social / José Luis Blas
Arroyo.. -- Madrid : Cátedra, 2012.

   63   Una sombra entre los dos / Elisabeth Mulder ; prólogo y edición
de Pepa Merlo.. -- Valenciana de la Concepción : Espuela de Plata
(Sevilla),2018.

   64   Taxi / Carlos Zanón.. -- Barcelona : Salamandra, 2017.

   65   El trabajo de fin de grado : guía para estudiantes, docentes y
agentes colaboradores / Virginia Ferrer, Moisés Carmona, Vanessa
Soria (editores) ; Antonio Bartolomé... et al.].. -- Madrid :
McGraw Hill, 2012.

   66   El tráfago del mundo : cartas de Octavio Paz a Jaime García
Terrés, 1952-1986 / Octavio Paz ; compilación, prólogo y notas,
Rafael Vargas.

   67   La trampa de la diversidad : cómo el neoliberalismo fragmentó
la identidad de la clase trabajadora / Daniel Bernabé.. --
Argentina [etc.] : Akal, 2018.

   68   Transhumanismo : la búsqueda tecnológica del mejoramiento
humano / Antonio Diéguez.. -- Barcelona : Herder, D.L.2017.

   69   (Tras)lúcidas : poesía escrita por mujeres (1980-2016) /edición,
 selección y prólogo de Marta López Vilar.. -- Madrid : Bartleby,
2016.

   70   Velocidad de los jardines / Eloy Tizón ; edición revisada por
el autor.. -- Madrid : Páginas de Espuma, 2017.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Belén Lorenzo Francisco: «Como escritora soy más efectiva cuanto más breve»

Belén Lorenzo Francisco (Santa Cruz de La Palma, 1980) es licenciada en Historia del Arte por la Universidad de La Laguna y en Historia y Ciencias de la Música por la Universidad de La Rioja. Algunos de sus cuentos y poemas han aparecido en diversas publicaciones digitales, como La esfera culturalEn sentido figuradoRevista PeriploMicrofilias y el fanzine Ruido, así como en las antologías Autores en La Palma y Tenerife, paisaje de palabras. Ha publicado los libros Breve historia de un cuento que soñada con ser un título (Cartonera Island, 2014), Leo en las calles (Fundación Canaria Mapfre Guanarteme, 2016) y la obra colectiva Leyendas de La Palma (Cartas Diferentes, 2016). A pesar de todo (Escritura entre las nubes, 2017) es su primer libro de aforismos, con lo que, de este modo, pasa a engrosar la nómina de aforistas canarios, de la que forman parte autores como Antidio Cabal, Noel Olivares, Bruno Mesa, María José Alemán, Sergio García Clemente y Manuel Feria. Asimismo, mantiene los blogs literarios Todas las palabras cuentanRelatos para leer de pie y Máximas bajo mínimos.

Belén Lorenzo Francisco
-¿Qué es lo que le ha llevado, en su calidad de creadora, a comprometerse con un género literario tan particular como el aforismo?

En realidad, he llegado al aforismo a través de la evolución de mi propia escritura y, también, he vivido ese camino como un ejercicio de honestidad hacia mi forma de ser. Empecé como microrrelatista hace algunos años, escribiendo textos que poco a poco se hicieron cada vez más breves, hasta que un día caí en los aforismos sin darme cuenta. Fueron los lectores los que notaron esa evolución de la que yo no fui consciente y que, por otra parte, era lógica: soy concisa por naturaleza. Me gusta escuchar más que hablar, y cuando hago lo primero, intento buscar lo central del discurso, voy separando lo anecdótico de lo fundamental. Cuando escribo aforismos hago lo mismo: elimino mentalmente todo lo que sobra hasta quedarme con la idea. Luego hay que buscarle una forma, y es entonces cuando el aforismo termina adquiriendo una personalidad propia.

-Entre los diferentes tipos de aforismos que conocemos (el satírico, el poético, el moralista, el reflexivo), ¿dónde ubicaría los suyos?

Nunca los ubicaría en un único tipo, pero, de elegir uno, me quedaría con el reflexivo. En el fondo, todos mis aforismos lo pretenden, aunque a veces lo hacen de una manera más poética, y otras lo intentan buscando una sonrisa o el encogimiento del corazón. Pero siempre tienden a provocar un movimiento en la mente, nunca son meros juegos de palabras. Aun así, la clasificación de los aforismos no es algo que me preocupe. Nacen con una identidad propia y los acojo como míos sin etiquetarlos, igual que hago con otros textos. En realidad, solo me preocupo de escribir: a veces la frontera entre un hiperbreve, un poema o un aforismo es muy difusa e, incluso, interpretable. Es algo en lo que ni siquiera pienso.

-El aforismo, si bien aspira a la pureza de lo conciso, no se encuentra regulado por una extensión específica; los suyos, no obstante, se caracterizan por la brevedad. Son directos, categóricos y alejados de toda grandilocuencia...

Sí, me gusta que sean directos y rápidos como flechas: dan en el centro de la cuestión o, al menos, lo intentan. Como lectora, me acerco a todo tipo de escrituras, pero como escritora soy más efectiva cuanto más breve. Si intento extenderme, me falseo, o así lo siento. Por otra parte, la grandilocuencia no ha sido nunca mi fuerte. Prefiero lo simple, lo sencillo y cercano, tanto a nivel personal como en la literatura.

-Uno de los aciertos de A pesar de todo es que no resbala sobre la piel de plátano, me refiero a que mantiene un tono medio bastante equilibrado; no incurre en caídas bruscas ni abundan en él los lugares comunes que hagan palidecer los hallazgos. En este sentido quisiera saber su opinión sobre el carácter de lo compacto aplicado a un libro de aforismos, ya que, al tratarse de un género que tiende a la brevedad, el lector puede pensar que el diseño y montaje de un libro de esta naturaleza presenta menos dificultades que los de mayor extensión.


Cubierta del libro A pesar de todo
Al contrario, sí que presenta dificultades, pero tal vez diferentes a las de otros géneros. Por ejemplo, un libro de aforismos se presta a ser leído de manera aleatoria, así que el nivel de selección debe ser muy alto. En el caso de A pesar de todo, dejé fuera cien aforismos: de los trecientos que tenía, me quedé con doscientos. Y lo hice así precisamente para que fuese un libro lo más equilibrado posible, sin textos de relleno. También busqué la variedad de emociones evitando que los aforismos de un mismo tema quedaran cerca. Esos fueron mis dos objetivos principales en cuanto a la estructura, y así lo hice. Existen otras soluciones, como dividir el contenido en secciones, pero en este caso preferí no hacerlo así para que cada aforismo actuara como un «chispazo», como algo que se produce de repente y capta tu atención de forma inmediata.

-Es cierto que por su libro bucean diferentes temáticas, pero perseveran una serie de aforismos sobre la condición humana que pueden entenderse como un refrescante paseo en el que se citan la burla, el desencanto y el escepticismo, y donde nunca parece desprenderse de la sonrisa maliciosa. Enumero unos cuantos: «La duda es una ecuación que se despeja con el tiempo»; «El arrepentimiento es una herida que no termina de cerrar»; «Dar refugio a alguien es compartir nuestra intemperie»; «La felicidad era el momento en el que leíste que la felicidad era el momento»; «En todo orden hay un caos luchando por manifestarse».

Gracias, me gustó esa imagen del «refrescante paseo». En realidad, es precisamente eso lo que hacemos todos en la vida: pasear, observar el camino, interpretarlo, disfrutar de él, o no... Y, en algunos casos, contarlo: escribirlo en mi caso, pintarlo en el de los artistas, etc. A pesar de todo está lleno de temas universales más que personales porque hay lugares de ese paseo por los que andamos en un momento u otro, sin excepción. Y muchas veces caigo en la ironía o la sonrisa porque mi carácter es así: sonriendo y buscando el lado simpático de las cosas se pasea mejor.

-Es una realidad que, desde hace unos años, nuestro país ha experimentado un auge del género aforístico. ¿Qué opinión le merece el fenómeno? ¿Piensa que las nuevas tecnologías han sido determinantes en la intervención de dicho proceso?

Los géneros breves, aunque es cierto que no son nuevos, son lógicos en una sociedad que carece de tiempo. En ese sentido no es de extrañar la proliferación e, incluso, el exceso de aforismos con mejor o peor fortuna. Las nuevas tecnologías, que sin duda ayudan a la difusión y a la lectura de aforismos, a veces se vuelven tiranas: es demasiado fácil caer en el comentario simple que solo busca la aceptación en las redes. En ese sentido, es necesario pausar e invertir el poco tiempo que tenemos en dejar que el aforismo madure. Es decir, debemos olvidarnos de la inmediatez si queremos conseguir sentencias que realmente merezcan perdurar.

-El sociólogo alemán Ulrich Beck postuló en la década de 1980 el concepto de «ociedad del riesgo» para definir el período de la posindustrialización previo a la caída de la Unión Soviética. Con posterioridad otro sociólogo, el polaco Zygmunt Bauman, acuñó el término «Modernidad líquida» para referirse a las consecuencias derivadas del marco social esbozado por Beck; entre ellas Bauman menciona la incertidumbre, el nomadismo y el individualismo. Tras la consolidación de las nuevas tecnologías podemos añadir la rapidez, lo instantáneo y lo inmediato. Sobre este escenario de incertidumbre, técnica, individualidad e inmediatez, ¿piensa que el aforismo –o el proverbio o la máxima e incluso el eslogan– es el género adecuado para satisfacer las necesidades críticas de los sujetos? Yendo un poco más allá: ¿cuál debería ser, a su juicio, la tarea del aforismo en la elaborada saturación informativa que padecemos?

«Advertencia: un buen aforismo puede provocar cambios», digo en el libro, y creo que es así. Los aforismos ayudan a centrar la atención sobre algo, a reflexionar y, en última instancia, a producir cambios. No son para leer y olvidar. Al contrario, pueden quedarse anidando en nuestro interior hasta ir más allá de él. En ese sentido, y teniendo en cuenta el loco mundo en el que vivimos, los aforismos pueden y deben aportar un poco de cordura.

-Por último, ¿qué les diría a los lectores para que se aproximen a las páginas de A pesar de todo?

Les recomendaría que lo hagan con tranquilidad, despacio, tomándose su tiempo. Y que se olviden de lo que han leído en esta entrevista, porque «a pesar de todo lo escrito, a veces sobran las palabras».

Por Benito Romero

sábado, 15 de diciembre de 2018

Monográficas Çedille 8 (2018)

          Como cada otoño te traemos el monográfico de la Revista de estudios franceses Çedille. Aunque puedes obtener toda la información accediendo desde el enlace, hemos incluido el índice, como avance de los contenidos que te vas a encontrar.  Deseamos que esta monografía sea de tu agrado, y disfrutes con todos, y cada uno de sus artículos..


Indice

Désir et appartenance : regards croisés 

Brigitte Le Juez & Hélène Rufat

Avant-propos

Brigitte Le Juez

Questions de mémoire et d’identité en espace post-atomique dans H Story de Nobuhiro Suwa et Nagasaki d’Éric Faye

Hélène Rufat

Comment Gatzo et Pascalet (d’Henri Bosco) découvrent l’altérité de leur amitié méditerranéenne, avec Ananké et l’Hydre de Lerne en filigrane

Benedetta Carnali

Michel Tournier et le mythe de l’androgyne : entre philosophie et religion

María del Rosario Álvarez Rubio

Covadonga et Pélage : le lieu de mémoire d’un héros national dans les littératures espagnole et française du XIXe siècle

Roumiana Stantchéva

Le roman-fugue – modèles et réalisations

Sonia Dosoruth

Fantasmer le passé pour réécrire le présent : une étude de La Diligence s’éloigne à l’aube de Marcelle Lagesse, écrivaine mauricienne.


Nos vemos en Çedille...hasta el próximo número...

viernes, 14 de diciembre de 2018

Aida González Rossi: «Siempre tuve claro que yo no quería hacer las cosas como los otros»

Aida González Rossi, tinerfeña, 23 años, es periodista y escritora. Ha colaborado en los espacios radiofónicos Recovecos y Poetas en Serie (PenS), ha sido guionista de La Calle Habla y dirigido y presentado el programa musical El Rompeolas. Sus poemas han aparecido en revistas, webs y fanzines como Oculta Lit, Dragaria, Digo.palabra.txto o La Zine. Asimismo, ha participado en diversos encuentros literarios, tanto regionales a nivel nacional. En diciembre de 2017 obtuvo el XX Premio Internacional Julio Cortázar de Relato Breve de la Universidad de La Laguna por su obra Casas, desiertos o bosques. Deseo y la tierra (2018), su primer libro publicado, es una plaquette que ha visto la luz en Cartonera Island, iniciativa sin ánimo de lucro dirigida por Ernesto Suárez y Carlos Bruno Castañeda. Desde 2016 escribe en el blog La Ciudad (aidarossi.wordpress.com).

Aida González Rossi

-Tal y como queda precisado en el título, tu libro se estructura en torno a dos conceptos, «deseo» y «tierra», a partir de los cuales desarrollas un personal itinerario poético y reflexivo. El poema inicial comienza así: «la tierra. un hogar. en ella resido me abro me aplano». Más adelante, describes el deseo como «un campo una cabaña en la que el fuego empieza a crecer». En otro de los textos sostienes que cuando por fin aprendiste el deseo quisiste «escuchar qué dice la tierra». Y el último poema –el titulado precisamente “deseo y la tierra”– puede interpretarse como un combate nada sutil que libras con ambos conceptos, saldándose con una frase rotunda: «ya eres mujer». ¿Qué te impulsó a realizar esta cartografía de la identidad desde la simbología «tierra/hogar» y «deseo/fuego»?

La tierra y el deseo están en tensión constante en el libro. El yo poético se sabe desbordado, aterrado e incluso pasivo ante esta guerra; el deseo y la tierra conquistan terreno, lo dejan, ceden, incendian o inundan, pegan al suelo, marcan y se anulan el uno al otro porque el deseo no puede germinar en la tierra. No es que no lo haga: es que no puede. Dentro de ese tirar que parece eterno pero que nunca se mantiene hay agujeros, alcantarillas en las que no existe lucha, ratos en los que te encierras en tu cuarto y consigues protegerte de ti misma y de los otros. De ti misma; del deseo; de los otros; de la tierra. En esos entre, o sea, fuera de la «tierra/hogar» y del «deseo/fuego», como tú apuntas, aparece un tercer elemento que no termina de constituirse como tal, que linda con el hogar y con el fuego pero que no dialoga con ellos ni hace ruido (por lo tanto, se busca y se teme): el aburrimiento. La inactividad. Un silencio que no existe, que no es: existe lo que no se está haciendo, lo que no se está deseando, lo que no te está haciendo daño, y eso hiere y también obliga a hablar. Porque todo obliga a hablar: hablar es la defensa, lo único que puede hacerse cuando lo tiñes todo pero no controlas nada, cuando el vaho que sale de ti es lo que no te deja tranquila. O lo que hace que no te adaptes para quedarte tranquila.

La tierra es, entonces, el hogar, pero el hogar entendido como suelo, como todo lo que se conoce y sobre lo que se ha crecido. Las voces de la gente. Las normas de la familia. Lo que dicen de ti. Lo que eres, pero sin que en esa definición entre lo que de verdad eres; tú, pero callada y sentada en una silla y vestida de turquesa y no de negro, de tachuelas, de lo que has erigido. Lo que se coloca, en fin, en el plano de lo cotidiano y de lo que debes respetar; todo lo que está fuera y que no es tuyo, pero sí. Y el deseo es eso que descubres o que aprendes, que jamás pensaste que crecería ahí, y que los demás no saben que está: hambre, pero no solo como disconformidad o como necesidad de llenar un hueco o de saciarse, sino como característica que eleva al individuo a un plano embrujado, tembloroso, llenísimo; a un plano que también hiere, pero que hiere de belleza porque la belleza no llega a alcanzarse. Porque nada responde. Nada quita la sed. Es lo que Amélie Nothomb, jugando un poco con Nietzsche, llama superhambre. Querer comer. Aunque estés empachada. Empacharte y ser ese empacho. Querer que te toquen. Pero no la tierra (y la tierra es lo único que existe). De ahí, quizá, el choque: el deseo no se sacia con la tierra y la tierra prohíbe el deseo. Creo que Deseo y la tierra es un libro de choque; el yo poético está sumergido en esa colisión de opuestos y entiende que no hay nada (nada ni nadie ni nunca) que pueda hacer por salvarse. O por protegerse. O por ceder, incluso. Además de «deseo» y «tierra» existen otras parejas: el fuego y el agua (deseo que hiere y deseo que se sacia/mancha), las voces y la música, el miedo y la pereza, Aida y Aidamaría, el amor y la violación e incluso la heterosexualidad y la homosexualidad.

-En uno de tus poemas apelas a la necesidad de «conocer las marcas secretas del cuerpo» como forma de «comprender el cuerpo». Esta idea ahonda en la línea de la vieja locución latina «Mens sana in corpore sano» que a su vez recuperó el filósofo Baruch Spinoza para su defensa de un conocimiento pleno inseparable del cuerpo (y entendido, claro está, desde «nuestra constitución antropológica como especie social», según la pertinente matización de Vicente Hernández Pedrero). Más recientemente, la psicoanalista polaca Alice Miller precisó en uno de sus ensayosque el cuerpo de los individuos «es la fuente de toda la información vital», que el «conflicto entre lo que sentimos y sabemos [...] está almacenado en nuestro cuerpo», que el cuerpo, en definitiva, «sabe de qué carece, no puede olvidar las privaciones», en la medida de que «el agujero está ahí y espera ser llenado». Entre las marcas secretas que tú señalas y los agujeros subrayados por Alice Miller, no debería sorprender que la «Mens sana in corpore sano», es decir, nuestra salvación como individuos singulares, sea, en opinión del propio Spinoza –así lo indica en las líneas finales de su Ética–, un logro «arduo», que «raramente se encuentra» y «tan difícil como raro», como lo es, en definitiva –concluye–, todo lo excelso.

Creo que mi escritura es, sobre todo, corporal. El cuerpo siempre hace ruido, distrae, marca lo que hay que hacer, sucede con la incomodidad, con el dolor, incluso con la sexualidad (en Clavícula, Marta Sanz habla de la consciencia corporal y cuenta que siempre, todos los días y en todo momento, duele algo). No creo que el cuerpo sea un límite («my body is a cage», Arcade Fire), sino un texto. Que leerlo es escritura. Primero, porque esa animalidad de los deseos –si la queremos llamar así– choca o se atraviesa con el deseo construido, aprendido y derivado de la experiencia: y eso soy yo. Y si leo mi deseo, no solo lo que busca para saciarse sino el deseo como tal, como fenómeno, como color, como sensación autosuficiente («no agua para la sed, sino la sed», Piedad Bonnett), comprendo. Segundo, porque el cuerpo es susceptible de ser marcado, de contar cosas de las que nosotras o nosotros posiblemente no querríamos decir nada: tengo cicatrices sobre las que no quiero hablar, pero están ahí, son visibles, enseñan. Tengo en la cabeza la marca de las gafas que llevaba a los doce años. Unas hendiduras en los hombros porque el pecho pesa y los sujetadores hacen daño. Huecos en el entrecejo por el acné. ¿Qué ha significado que yo tenga una mancha de nacimiento en la mano derecha, que me saliera un lunar en la mano izquierda a los quince, que haya considerado durante toda la adolescencia que la mancha era lo que me vino dado y el lunar lo que yo elegí? Imagina colocarte delante de alguien, quitarte la ropa y decir: ahora estúdiame, yo me callo, no te cuento nada, aprende de mí lo que puedas. Eso es, quizá, lo que me interesa de la poesía del cuerpo: cómo el cuerpo es identidad, cómo lo es por el ruido que hace, por la forma que tiene y por los actos a los que obliga y también porque la identidad se refleja a veces en el cuerpo, hiriéndolo. Y de eso no se puede escapar. El cuerpo es el sitio del que nunca podrás escapar. Porque de ti no escapas. El silencio y la conformidad del cuerpo raramente se hallan (o siempre, pero cuando ya no hay). Porque el cuerpo es un conflicto, una necesidad: el agujero. También me parece importante la noción de cuerpo como peligro: la experiencia de las mujeres siempre es conjunta a la experiencia de tener un cuerpo sexualizado. En mi caso, también me interesa el cuerpo desde mi posición de mujer no normativa, o sea: el cuerpo como sobra, carencia, como lo que aprendes que no encaja pero que después haces o no, pero en mi caso sí: encajar.


-Quisiera que comentases el poema “sábado 2005”, una invocación a cuando «aprendes» a desear, a la edad de diez años. Es interesante porque su tono descarnado permite romper el tabú con el que los adultos asumen la sexualidad por debajo de la legalidad, o sea, de la moral (una moral que para Alice Miller siempre se sitúa del lado del adulto y en contra de los menores). En este sentido, otro poema que también puede retumbar en la cueva de la moral del adulto es “sábado 2007”, donde hablas sin pudor de tus primeras borracheras a los doce años…

“sábado 2005” relaciona el deseo con la necesidad de no hacer lo que se debe hacer. Con el impulso espesísimo de huir y con descubrir el consuelo en la exageración: imaginar aniquilarse, no estar, hundirse en el sofá y callarse y estar sola. Es una protesta. Y en esa protesta se aprende a desear, o se aprende el deseo como lo contrario a lo que se debe; como algo que te diferencia del resto de personas, porque entiendes que tienes algo más agudo o más caliente o con muchas más raíces. A los diez años pasé un verano horrible: no quería salir a la calle, me daba miedo, y tenía muchas pesadillas y una sensación fangosa en el estómago. Eso es “sábado 2005”: una sensación fangosa y nueva que vaticinas que puede repetirse muchas veces. Si pienso en mi infancia, ese verano fue un punto de inflexión: empecé a pensar de otra manera. No sé si crecí, pero creo que en mi cabeza comenzó a sonar algo parecido a un verso de Berta García Faet: «padres, amigos, hermanos, profesores: soy un ser de deseo». Durante mi adolescencia me pregunté mucho si a todo el mundo le sucedía lo mismo (de hecho, me lo sigo preguntando). Recuerdo sentir que había un territorio prohibido delante de mí y que podía elegir entrar o no entrar. Y siempre elegí entrar, aunque entrar significara descubrir que solo podía hacerlo a medias, que iba a teñir para siempre (o no, pero para mucho tiempo) ese terreno de culpa y de desplazamiento. De esa tensión, supongo, entre el deseo y la tierra. A día de hoy no sé si ése es el terreno de la sexualidad, de lo retorcido o de la belleza; no tengo ni idea. Sí me parece el terreno desde el que escribo.

En cuanto al tema de la precocidad, no lo sé: quizá en este poema me refiero al deseo como riada que desplaza el eje de algunas personas («las personas como yo», te habría dicho antes; ahora sé que se trata de algunas personas, sin más), y dentro de esa riada entra una conjunción de hambres diferentes que es posible que tengan que ver con la sexualidad, pero que no se fundamentan en la sexualidad como tal. O al menos no en una sexualidad clara y autodeterminante: a los diez, once, doce años, todo lo relativo a la sexualidad es un fósforo que se prende en el estómago. Una sensación como de que va a llover y solo tú lo sabes. Quizá hablamos poco de ello, pero también pienso que quizá no lo comprendemos: contemplamos ese deseo (que se va moldeando a nosotras y nosotros a lo largo de la vida) desde lo adulto, desde lo concreto y formado y explorado y fundamentado; igual todo es más complicado, exploratorio e identitario. No sé. Creo que Las niñas prodigio de Sabina Urraca es un libro muy importante en este sentido.

Y, bueno, es interesante que hables de “sábado 2007”, porque lo cierto es que no he hablado con nadie sobre ese poema. Habla también sobre el desarrollo de la sexualidad, pero aquí sí que se ahonda en la culpa, porque durante esos dos años, quizá, se ha descubierto que eso no es «bueno» (se ha empezado a mirar «desde lo adulto» y se ha simplificado y demonizado); también sobre cómo la identidad empieza a hincharse y a ser algo más, algo que nos aleja de otras personas o que nos hace no entenderlas. Cuando pienso en mis primeras borracheras recuerdo sentirme concretísima, alguien que escogía lo que hacía, que se había convertido en una persona que iba más allá de lo que veían en su casa. Era una sensación bonita. “sábado 2007” habla sobre lo muchísimo que ocupa empezar a descubrir, sobre esa batidora que es la adolescencia, o el principio de ella. Si hay algo, debe estar entre todo eso: entre las canciones que te gustan, la bebida, las amigas, las enemigas, el peligro, el desconcierto, los insultos...

-Tras la representación de esos dos «sábados», inicias un tránsito lingüístico desgarrador por la adolescencia en el que persigues la búsqueda y la aceptación de la identidad en medio de un mundo hostil que aparentemente solo genera apatía, dolor, miedo e inseguridad, los pilares sobre los que, pese a todo, irá creciendo, moldeándose e imponiéndose el deseo. Esa misma adolescencia cainita que dibujasy que tiene el aire de pesadilla desquiciada propia de las primeras películas de Brian De Palma, como Carrie –título en el que la menstruación, al igual que en tu libro, desempeña un gran protagonismo–, te permite, no obstante, el refugio de la música anglosajona, la cual alcanza la categoría de tipi indio desde el que mimas y fortaleces espiritualmente a la identidad, dotándola, al fin, de sentido.

En el libro hay algunas voces que se repiten y que tejen y configuran un discurso que vulnera esa vomitona que es el propio discurso del yo poético: la voz de la madre, de la amiga, de la amante, del violador, de gente con la que hay un cruce... Como si escucharas sin saberlo una grabación en bucle de cosas que te han dicho y que te han marcado, que te han moldeado, que han sido buenas o malas pero que se encuentran en el terreno de lo otro, donde no hay comunicación: del infierno. Por lo tanto, ¿cómo huir? Yo a veces no quiero salir porque el mundo me da un poco de miedo y me agarro a cosas que me hacen sentir que soy una esfera en la que no puede entrar nadie. En Deseo y la tierra hablo de Joy Division, de New Order, de Violent Femmes, de The Smiths (porque estoy obsesionada con The Smiths) y también uso alguna frase de CigarrettesAftersex. Pero podría haber sido cualquier otra cosa: La piel del zorro de Herta Müller, My mad fat diary, Tumblr, Twitter, Lisa Simpson, la pintura de uñas negra o un cartón que tengo en mi habitación sobre el que pinté un montón de gotas de lluvia. Me interesa ese diálogo con lo que creemos nuestro. La necesidad de agarrarnos a cosas para dejar claro que somos eso y no un espacio yermo (no el «desierto que monologa» de VioletteLeduc: qué miedo). Para dejar claro que nuestro ruido no es gratuito, que está cimentado en algo. Por supuesto, tengo claro que la raíz de todas mis referencias pertenece a un yo adolescente, quizá postadolescente, que todavía no he superado. Al menos sé que no he superado su belleza, ni su desgarro, ni su lenguaje. La posición adolescente también es una posición marginal; implica ver el mundo, los constructos, los conceptos, a la gente, como algo que no se comprende, en lo que no se participa, de lo que a veces tienes que cubrirte porque, oye, yo no puedo con tanto ni tengo por qué poder con tanto todavía. La apatía que genera el mundo es lícita. El dolor que genera el mundo es una certeza que me hace ganar a mí. Después, citando a Luna Miguel, «la tristeza ya no es bonita, la vida ya no es injusta». Cuando estás en ese margen adolescente, puedes regodearte; y la música es el instrumento, el fondo, el soporte. «And if I seem a little strange, that's because I am». Mi refugio es una lista de 400 canciones de Spotify. También la foto de PJ Harvey de mi fondo de pantalla.

-En tus poemas persiste el grito nihilista, la rabia del marginado, la crítica a la normatividad y el discurso feminista, pero también mantienen el estilo sucio y transgresor que tuvieron para sus respectivas épocas –las décadas de 1970 y 1980– dos canarios por desgracia malogrados: Félix Francisco Casanova y Eugenio Millet.

Me interesa esa noción de lo sucio (además, estoy un poco obsesionada con Félix Francisco Casanova casi desde que empecé a vivir en La Laguna). Creo mucho más en la suciedad que en la limpieza. No sé cuándo me di cuenta de que escribo desde lo sucio, pero sí que tengo en cuenta esa posición e intento comprenderla; creo, y no sé si sucede por lo que nombras (el grito nihilista, la rabia del marginado, la crítica a la normatividad y el discurso feminista), que siempre me he sentido sucia. Quizá escribir para mí es un intento de decir: eh, oye, sí, mírame, ganas, estoy sucia y te lo voy a enseñar todo porque la suciedad es belleza. No es algo deliberado, creo que es mi voz, sin más, y que seré sucia escribiendo y también pensando y leyendo y estando. Es posible que «la rabia del marginado» y la «normatividad» me lleven a disfrutar mucho de jugar con el estilo. O sea: siempre tuve claro que yo no quería hacer las cosas como los otros, que tenía referencias férreas pero que yo, sujeto que no está en sino en otro lado, tenía que buscar. Que para decir otras cosas debía hablar diferente, o diseccionar mi habla y aprenderla. Esto me hace pensar en esa «relación privilegiada con la voz» de la escritura femenina de la que habla Hélène Cixous. Por supuesto, el discurso feminista me parece importantísimo dentro de la poesía: creo en la escritura como discurso que brota de una posición, de un lugar, y las mujeres ocupamos un lugar que ha sido guardado en la otredad y que se presenta como extraño. Y no es extraño. Quiero hablar de mi cuerpo y de mi miedo y de lo que me han hecho por ser lo que soy. A partir de ahí, todo: decir mucho, poder decirlo todo y, entretanto, quemarse. O dicho en palabras de Chantal Maillard: «Crecer es invadir». Y si crecer es invadir, habrá que inventar cómo. Cómo nosotras, nosotros: exactamente esto que somos, sea lo que sea. Creo que la conexión entre todo eso que nombras es el odio a la tierra. Tal vez un odio estéril, pero odio.

-Por último, ¿qué le dirías a los lectores para que se aproximen a las páginas de Deseo y la tierra?

Que escuchen Hyperballad de Björk y Unloveable de The Smiths.


Por Benito Romero